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Un señor llamado Anthony, que tiene una empresa inmobiliaria en Brookling, le ha propuesto a sus empleados que se tatúen el logo de la empresa a cambio de un 15% más de salario. Una primera reflexión nos invita a pensar en el mercado...

Las crisis de reputación son fenómenos vivos, que nacen, se desarrollan, pero en realidad, nunca mueren. Al menos no del todo. Después de superar la fase más aguda lo normal es que bajen en intensidad y se diluyan más o menos rápido, dependiendo de la pericia con la que se hayan resuelto. Pero cualquier responsable de comunicación le dirá que tarde o temprano la crisis se reproduce, como si se tratara de la réplica de un terremoto. Basta que surja una nueva información, o un caso parecido que dé lugar a paralelismos para que se vuelva a hablar mal de la marca en cuestión.

Las crisis de reputación son fenómenos vivos, que nacen, se desarrollan, pero en realidad, nunca mueren. Al menos no del todo.

Hace unos días se celebró un debate entre los candidatos a rector de la Universidad de  La Laguna, sano ejercicio democrático que nos dejó un sabor agridulce a quienes creemos en la cultura de debate como motor de las ideas.  La parte dulce vino dada simplemente por la existencia de tal encuentro. El hecho de que tuviese lugar denota una actitud abierta y democrática como es la de discutir programas electorales y  propuestas de gobierno frente al oponente u oponentes. Eso vale para un candidato a presidente, a rector o a delegado de curso. Sin embargo, y aquí llega la parte agria, existen barreras que entorpecen el intercambio de argumentos y la espontaneidad de este tipo de actos. Al parecer, los debatientes pactaron los tiempos, los temas y los turnos de intervención hasta el mínimo detalle, sin permitir interrupciones o apelaciones, ni dejar apenas intervenir a la moderadora, de tal manera que el debate se convirtió en  una previsible sucesión de monólogos, en la que los participantes ni siquiera se dirigían la palabra directamente.  Igual que en la mayoría de debates políticos televisados.

Es preocupante que se impongan los debates de esta manera tan restrictiva, derivados del efecto mimético que provoca el medio

Recuperamos los análisis sobre tecnología con este post. Como es época de reencuentros y de recuerdos, ésta será una de la frases más oídas estas Navidades. ¿Por qué nos extrañamos siempre los que volvemos a casa por Navidad de lo grandes que están los niños?. La respuesta es evidente. No es lo mismo verlos crecer día a día que trimestre a trimestre. Algo similar ocurre con la tecnología. ¿Se imaginan que despertemos a un amigo que se encuentra en coma desde hace 30 años? ¿Qué le podríamos contar de los avances tecnológicos? En informática Hace 30 años (1980) existía una tremenda rivalidad en los sistemas operativos entre IBM/Microsoft (con el MS DOS) y Digital Research (primero con el CP/M y luego con el DR DOS). Los sistemas operativos son los programas que necesitan los ordenadores para saber qué pueden hacer. Antes, estos sistemas operativos venían en disquetes o en casetes magnéticos que, necesariamente, había que “ejecutar” para que el ordenador fuera “consciente” de la memoria que tenía, del disco duro, del tipo de monitor, del teclado, de la pantalla, de la impresora y demás periféricos. Por supuesto, no había ratón, que empezó a ser útil con la aparición de entornos gráficos que no llegaron hasta un lustro más tarde (en 1985 aparece Windows 2.0).
De entre las pocas novedades que han traido las elecciones catalanas para la comunicación estratégica nos quedamos con la puesta en escena del candidato de ERC Joan Puigcercós, que aunque no consiguió precisamente buenos resultados en las urnas, al menos puso una nota de color en una campaña que resultó muy previsible en sus propuestas. Puigcercós lo consiguió simplemente prescindiendo del atril.

El atril protege pero también es una barrera que separa del público, una barricada que impide desarollar el lenguaje gestual.

Es verdad que hay que tener un poco de valentía y mucho de entrenamiento para dejar ese parapeto tras el que se ocultan la mayoría de oradores y comunicar con todo el cuerpo, dominando un espacio nuevo sin la protección del atril. El atril protege pero también es una barrera que separa del público, una barricada que impide desarollar el lenguaje gestual. Prescindir de él provoca un efecto muy beneficioso para el orador que es capaz de ocupar el escenario, porque inmediatamente concita una mayor atención del público y resulta mucho más cercano y definitivamente mucho más creíble.

Santiago González, director de TVE, invitado en esta nueva entrega de Subrayados.

Volvemos a sentarnos a charlar sobre Comunicación en sentido amplio en otro Subrayados de Woll Consultores.  Para pasar un buen rato con profesionales de distintos ámbitos que comparten con nosotros esta afición a la conversación y la buena mesa. Nuestro invitado esta vez es Santiago González, director de Televisión Española.  González comenzó su carrera en la Cadena Ser en Madrid, fue jefe de Comunicación del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife  y después director de Informativos y director general de Televisión Canaria. Volvió a Madrid para dirigir Radio Nacional de España justo antes de llegar a TVE .
Una habitación de hotel en Nueva York. Suena el despertador y quien esto escribe escucha las noticias de un canal cualquiera de televisión. Al salir de la ducha apenas se han podido oír titulares antes de la publicidad. Cambio de canal. Un reportaje de dos minutos, el previo de dos o tres noticias más y la previsión del tiempo, justo antes de volver a publicidad. Me he lavado los dientes y todavía no he visto al presentador. Aún me sigo sorprendiendo de que en este país la publicidad dure casi lo mismo que la programación. Luego, café en mano,  entiendo perfectamente la tendencia cada vez más generalizada en los países anglosajones de ver la televisión “sin televisión”, es decir, a través de la Red. No sólo consiguen de esa manera ver los programa donde quieran, sino que evitan tener que tragarse la sarta de anuncios que acompaña a su programa favorito. Una tendencia que, a menor velocidad, se irá imponiendo también en nuestro país.

El público joven no está dispuesto a esperar a que termine la publicidad para ver su programa favorito y ni siquiera esperará mucho a que se descargue a través del ordenador.

Aparejado a la tecnología hay un cambio de actitud en el consumidor de contenidos televisivos. El espectador es cada vez menos, permítannos el juego de palabras, “expectante”. La tendencia es interactuar cada vez más con la programación.  Decidir qué ver y cuándo verlo, en una actitud activa y participativa que sustituye a la simplemente contemplativa. El público joven, que poco a poco irá determinando el modelo de consumo frente a los “conservadores” que aún son fieles a la televisión pura y dura, no está dispuesto a esperar a que termine la publicidad para ver su programa favorito y ni siquiera esperará mucho para que se descargue a través del ordenador.
Hasta ahora, en España,  había sido un instrumento en manos de los presentadores de televisión, pero los expertos en comunicación estadounidenses (cómo no) lo han puesto de moda gracias al magnífico rendimiento que sigue obteniendo de él Barack Obama. Una poderosísima herramienta de comunicación en manos de un excelente orador, muy bien entrenado en su manejo, que le ha permitido marcar distancias con sus oponentes políticos. Algo de lo que se ha tomado buena nota en Europa y también en España y... ¿en Canarias?

El teleprompter es un viejo conocido en los platós de informativos. No es un secreto que los presentadores de televisión leen buena parte de lo que dicen...

Empecemos por lo primero: las presentaciones. El teleprompter, también conocido como una de las marcas que se ha especializado en su fabricación, Autocue, es un viejo conocido en los platós de informativos. Aunque dicen las leyendas televisivas que los antiguos presentadores se mostraban reacios a leer los textos reflejados sobre la propia cámara, hoy en día no hay informativo en televisión que se precie que no use este sistema. Literalmente, el presentador lee la noticia mirando fijamente a la cámara, sin necesidad de desviar la vista hacia los papeles. No es un secreto, por tanto, que los presentadores de televisión leen buena parte de lo que dicen, pero no hay más que comparar algunos informativos para comprobar que no todos manejan esta herramienta con igual pericia. [caption id="" align="aligncenter" width="300" caption="Ante ustedes... los teleprompter"]teleprompter[/caption]
Lo sabían bien los clásicos: “La cara es el espejo del alma”. Pero no fue hasta bien entrado el siglo XX cuando algunos comenzaron a percatarse del enorme potencial de la llamada “comunicación no verbal” para la trasmisión del mensaje. Hace algunas semanas hablamos en este mismo foro de Edward Hall que fue el primero en acuñar esta definición. Desde entonces nadie duda de la importancia de este código comunicativo a través del que emitimos y recibimos miles de mensajes a diario. Casi sin darnos cuenta.

Nuestros  gestos no dirán si nos gusta  la tarta o la pizza pero sí si somos de fiar o no.

Sin embargo son aún mayoría los conferenciantes, profesores, ejecutivos o políticos que se olvidan de esta “otra” comunicación que tanta información proporciona en ambas direcciones. Nuestros movimientos, nuestros gestos, no dirán si nos gusta más la tarta o la pizza pero sí trasmitirán confianza o inseguridad; dirán si somos de fiar o no, si creemos en lo que decimos o si somos la persona indicada para llevar adelante un determinado proyecto. En sentido inverso, saber leer esos gestos en los demás nos puede proporcionar información sobre nuestros interlocutores, que será básica en quienes quieran resultar convincentes. En definitiva, la comunicación no verbal es una magnífica herramienta de persuasión.

El protagonista de la serie es un experto en lenguaje no verbal.

Hay ocasiones en las que no sale bien la comunicación entre el comunicador y su audiencia. En el caso de la televisión pudiera deberse, por ejemplo, a un fallo en los sistemas técnicos, a la mala preparación de los responsables de dar una noticia o a la premura por darla sin conocer bien al menos unos cuantos apuntes que ayuden a construir un buen relato. Este último caso es bastante frecuente.

Es mejor estar mínimamente documentado para comentar una noticia que salir al aire sin saber muy bien lo que decir. El prestigio del medio puede resentirse.

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