“Sin preguntas, gracias”

“Sin preguntas, gracias”

¡Sin preguntas por favor!

"¡Sin preguntas, gracias!"

Hay una costumbre que se está extendiendo peligrosamente entre quienes suelen hacer comparecencias públicas ante los medios de comunicación, especialmente los políticos, que no beneficia a sus responsables de imagen. Una costumbre bien sencilla pero que, a la larga, puede traer malas consecuencias a quienes la practican. No es otra cosa que convocar a los medios para leer ante ellos una declaración, a veces pretendidamente institucional, y luego, si te he visto no me acuerdo, porque no hay turno de preguntas.

Pudiera ser que en determinadas circunstancias -viene al hilo el último y trágico atentado de la banda terrorista ETA que le ha costado la vida al inspector de policía Eduardo Puelles- esa declaración institucional, en este caso del presidente del Gobierno, esté justificada en una primera y urgente comparecencia por la situación creada. Luego, el turno de preguntas bien podría ir dirigido al ministro cuyo departamento lleve el peso de la investigación posterior. Pudiera ser. Pero lo que no parece de recibo es que ante la presión mediática y social frente a determinados comportamientos, los implicados despachen el asunto con una comparecencia sin preguntas.

  

Si se ha optado por comparecer ante la prensa, lo mejor es asumir las cuestiones que puedan venir.

 

 

Dejando a un lado las dudas de los medios de si deben o no acudir a esas convocatorias, lo cierto es que quienes así funcionan no tienen en cuenta la mala imagen que transmiten a la ciudadanía. Desde luego, sólo dicen lo que quieren decir, a resguardo de preguntas que puedan resultar incómodas, pero habría que advertir a sus jefes de prensa, jefes de campaña o jefes de imagen, que nada ayuda esa actitud para transmitir éso, una buena imagen.

Si se ha optado por comparecer ante la prensa, lo mejor es asumir las cuestiones que puedan venir, sean del tono que sean, pero pretender dar la cara con un simple “Sin preguntas, gracias” resulta contraproducente a la larga, aunque en el regate corto parezca que es sólo una cuestión menor entre periodistas y compareciente. La opinión que llega a la calle es la de alguien que, a lo mejor, no quería decir todo lo que de verdad sabía de un asunto determinado; que oculta algo.

Muchos se olvidan de aquello de saber hacer las cosas bien pero saber también contarlas mejor, que si no, el esfuerzo puede que sirva de muy poco.



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