Doce millones de debates.

Doce millones de debates.

Lo hemos dicho esta misma tarde en el programa Asuntos Propios de RNE (> 15:23) al que acudimos para hacer un análisis del debate electoral: Los ganadores de este debate son los ciudadanos. Los doce millones de personas que lo siguieron por televisión y que iniciaron a su vez otros tantos debates en torno a sus impresiones.  Debemos alegrarnos de que poco a poco los debates televisados se conviertan en indispensables en cualquier campaña electoral porque es una manera de que los ciudadanos entendamos que la comunicación es una habilidad imprescindible para la política y para cualquier otro ámbito profesional. Educación en competencias si, pero también en habilidades. Su seguimiento refuerza además otro de nuestros “mantras” habituales sobre la conveniencia de que los debates sean abiertos. Algo avanzamos al permitirse las interpelaciones, o sea, las intervenciones no necesariamente programadas que hicieron el debate mucho más atractivo para el público, aunque aún queden demasiadas pautas dictadas por los gabinetes de campaña de los candidatos.

Rubalcaba y Rajoy: Solos ante el peligro.

Dicho lo cual tenemos que atender a la pregunta del millón:  ¿Quién ganó el debate? Pero ocurre que no es una pregunta que se conteste con un si o un no, o con porcentajes de voto que, salvo catástrofe en el plató,  responderán a las preferencias políticas de los electores. Ganará quién haya podido sacar más rentabilidad al debate, y en este caso ambos pueden haberse salido con la suya. La cuestión por tanto es ¿quién ha trasladado mejor su mensaje? Ambos candidatos han basado ese mensaje en la estrategia electoral que se han marcado, por eso muchos han echado en falta referencias a la crisis financiera europea, por ejemplo. Simplemente no le convenía a su estrategia.   El candidato del PP tenía la misión de no perder su enorme ventaja en las encuestas y para ello necesitaba un debate muy cerrado en torno a la necesidad de crear empleo. Cinco millones de parados son el único argumento que necesitaba. El aspirante socialista por su parte buscaba reactivar las bases de su partido, sembrar miedos sobre lo que haría (el condicionante lo ponemos nosotros, el dijo “hará”) Rajoy al llegar a la presidencia o animar a los votantes socialistas a acudir a las urnas para evitar una derrota muy gravosa.

Cara a cara.

Si esas eran efectivamente sus estrategias es posible que ambos hayan cumplido su misión.  Si de lo contrario Rajoy buscaba ilusionar a sus votantes sobre el futuro y enviar un mensaje ilusionante falló, si pretendía lograr una participación masiva y dar enorme trascendencia a estos comicios, falló. Igual que falló Rubalcaba si quiso mostrarse como alternativa real a la victoria de Rajoy, que dio por sentada en la primera parte del debate.

Al principio un Rubalcaba algo nervioso trató de sacar del guión a su oponente, y por momentos lo consiguió. Rajoy parecía no adaptarse al formato televisivo y hablar como en la tribuna del congreso.

Pero dejemos la estrategia y vayamos a las formas. La apariencia es el mensaje. Hay tres fases en el debate que vinieron a coincidir más o menos con los bloques de temas programados. En el primero de esos bloques vimos a un Rubalcaba algo nervioso al principio que trató sacar de su discurso a su oponente, para ello utilizaba un recurso habitual en este tipo de debates: hacer una pregunta directa al final de su intervención. Creemos que por momentos la táctica le surtió efecto ante un Rajoy muy pendiente al principio de sus papeles, pero que sobre todo no estaba adaptado al formato televisivo. Comenzó Rajoy el debate olvidando que estaba en un plató de televisión, y adoptando códigos más propios de la tribuna del congreso: leyendo sus notas, esperando a que le diesen la palabra y pidiendo el auxilio del moderador cuando Rubalcaba le interrumpía.

En el segundo bloque Rajoy supo aprovechar la ironía para poner en evidencia a su oponente. La táctica del ataque constante  empezó a desgastar a Rubalcaba en esta fase, en la que por momentos pareció crispado.

En el segundo bloque vimos a un Rajoy más suelto y menos dependiente de los papeles, y a un Rubalcaba que por fin empleaba el condicional para puntualizar” …si usted gana las elecciones…” Echamos de menos en algunas ocasiones que Rajoy hiciese gala de una “serena indignación” para cortar las interrupciones de Rubalcaba que sí lo hizo callar a él en al menos dos ocasiones. En cambio Rajoy supo aprovechar la ironía (retranca gallega dicen algunos) para poner en evidencia a su oponente. La táctica del ataque constante  empezó a desgastar a Rubalcaba en este segundo bloque, en el que por momentos pareció crispado  y un tanto estridente  ante un Rajoy más afianzado.

Rajoy en un gesto elocuente.

La tercera fase, casi de sosiego,  llegó tras la referencia de Rajoy a la ley de matrimonios homosexuales, tras dos preguntas directas de su interlocutor. Rajoy da la respuesta cuando a Rubalcaba solo le queda una intervención para evitar réplicas en un asunto que podía contrariar a sus votantes más moderados.  A partir de ahí ambos se muestran de acuerdo en temas de seguridad, igualdad de género y terrorismo lo que les permite  mostrar una faceta dialogante que también resulta rentable antes los ciudadanos. Evidentemente la bajada de intensidad de esta tercera parte favorecía a Rajoy.

La pantalla tiende a exagerar los movimientos y en los planos cortos Rubalcaba simplemente se movía demasiado, pero tenía a su favor una mayor expresividad que su contrincante. Rajoy adoptó gestos más abiertos.

¿Y el lenguaje no verbal? En este punto volvemos a echar de menos una mayor adaptación al formato televisivo de ambos contendientes. La pantalla tiende a exagerar los movimientos y en los planos cortos Rubalcaba simplemente se movía demasiado, pero tenía a su favor una mayor expresividad que su contrincante lo que genera mayor empatía con la audiencia. Los gestos de Rubalcaba tienden a ser cerrados, con los codos pegados al cuerpo y su característico movimiento juntando las puntas de los dedos hacia abajo. No es un gesto abierto aunque es verdad que se apoya muy bien en “gestos batuta” que le hacen parecer muy didáctico.  Rajoy tiene un rostro poco expresivo pero adoptó en el plató una postura más erguida y unos gestos algo más abiertos pero muy escasos. Esta vez ambos llevaban la lección de los gráficos aprendida y supieron mostrarlos correctamente, sin taparse la cara y manteniéndolos en alto el tiempo suficiente.

Los gráficos, bien mostrados.

Insistimos en que lo mejor del debate es su audiencia, porque da una idea de la importancia que los ciudadanos dan a este tipo de comparecencias. Como ciudadanos queremos ver a nuestros representantes contraponer sus programas y enfrentarse a las críticas de su oponente. Ojalá esa audiencia millonaria fuerce a que estos encuentros sean cada vez más abiertos. Estarán con nosotros en que un debate que siguen doce  millones de personas merece un post algo más amplio de lo habitual, aunque ya sabemos que después de leerlo muchos volverán a la pregunta del día:  -Si vale, pero… ¿Quién ganó el debate?



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